lunes, 15 de agosto de 2016

Traducciones del griego moderno al castellano - El drama satírico, según Dimitrios Sarros (filólogo griego, 1870-1937)

Traducción de:
Σάρρου, Δ. Μ. (1932) Σοφοκλῆς - Ἰχνευταὶ Σάτυροι: Σατυρικὸ δρᾶμα σὲ δημοτικοὺς στίχους μὲ πρόλογο καὶ σημειώματα ἑρμηνευτικά, Ἀθήνα, Ε. Ο. Δημητράκου Α. Ε., σελ. 7-14.

Sarros, D. M. (1932) Sófocles – Sátiros Rastreadores: Drama satírico en versos populares con prólogo y notas aclaratorias, Atenas, Casa Editorial Dimitrakou A. E., pp. 7-14.



Esta es la primera edición y la primera reescritura realizada en griego moderno de los Rastreadores de Sófocles, cuyos fragmentos se hallaron en uno de los papiros de Oxirrinco, en 1912. La siguiente es la primera traducción al español del prólogo escrito por Dimitrios Sarros a dicha edición. El prólogo se compone de dos partes. La primera consiste en una breve introducción al drama satírico. La segunda es una sinopsis de la trama de los Rastreadores y de su relación con la música y con otras obras de la literatura griega, que contiene también el análisis de algunos problemas como la datación de la obra, la métrica de algunos versos, y el análisis léxico-semántico del nombre del drama y su traducción al griego moderno y a otras lenguas occidentales.
Conseguí esta edición en un puesto de libros usados en Rétino, Creta, en la mañana del 10 de julio de 2014.

Prólogo

El drama satírico

La tragedia griega antigua tomaba al principio (como también el ditirambo, del cual brotó) sus tramas de los mitos y del culto de dios de la uva, del vino y de la juerga Dionisos (que llamaban también Baco) y tenía carácter religioso. Sin embargo, luego, una vez que había agotado los mitos de Dionisos, tomaba sus tramas del ciclo de diferentes leyendas heroicas, y así perdió ya su antiguo carácter dionisíaco.
Pero, puesto que los dramas antiguos se llevaban a cabo sólo tres veces al año en las fiestas de Dionisos (donde tenían lugar las competiciones dramáticas, en las que tomaban parte sólo tres dramaturgos escogidos), esos dramas, obviamente, debían tener también alguna relación con Dionisos. Eso era lo que buscaba el religioso pueblo de Atenas, que, observando el desarrollo del drama y su distanciamiento de los mitos de este dios, gritaba disgustado: «οὐδὲν πρὸς Διόνυσον (¡nada que ver con Dionisos!).
Pues bien, esta relación con Dionisos la mantenía el drama satírico, que se llevaba a cabo después de la trilogía trágica –es decir después de tres tragedias– como cuarto drama, como una forma de farsa actual. De todos modos, esto conservaba el carácter dionisíaco. En él permanecen intactos algunos elementos de la antigua forma del drama. Aunque no esté ya Dionisos, el personaje principal del drama satírico, su recuerdo, no obstante, permanece vivo en las acciones de su drama con la presencia de los Sátiros, que componen el coro del drama satírico y bailan su rápido y saltarín baile (llamado σίκιννυς).
Los Sátiros, estas criaturas fantásticas de los bosques y los montes, que se emparentan con los machos cabríos, de quienes tenían la frente, las orejas en punta, los pies de dos pezuñas y los impulsos lascivos, de aspecto zooantropomórfico –Sófocles en Rastreadores (v. 215) y Eurípides en Cíclope (v. 624) los llaman «θῆρας» es decir bestias o fieras–, estos Sátiros, existían en la tradición popular antigua y en la creencia del pueblo griego como criaturas groseras locales, que vivían en los montes y bosques y se mezclaban con las exóticas Ninfas (de aspecto de hadas), antes incluso de difundirse en Grecia el culto a Dionisos, que vino de Asia (Frigia) y Tracia. Después ingresaron al séquito de Dionisos y junto con ellos también el viejo Sileno, de feo hocico y bajo y gordo.
Los Sátiros son considerados hijos de Sileno y de las Ninfas.
Sileno, al principio él también aparición exótica de las fuentes y de los ríos, que tenía la cola, las pezuñas y las orejas de caballo (el caballo era símbolo de las aguas), está medio mezclado con el tropel de los sátiros, de quienes además era considerado el padre, mientras que la creencia popular lo había admitido como pedagogo y servidor de Dionisos o Baco, con quien había venido de Asia y Tracia hacia el Ática.
Con su contacto, los sátiros variaron su forma de macho cabrío del Peloponeso. Tomaron de Sileno, en el teatro y en el arte, sus características distintivas: sus orejas y su cola de caballo.
Con su peculiaridad, con su mezcla de lo bromista y lo serio, el drama satírico, la “tragedia divertida” («παίζουσα τραγῳδία» según Demetrio, Sobre el estilo, 169), o el “drama silénico” («σιληνικὸν δρᾶμα» según Platón, Banquete 222 d), constituye en el teatro griego una forma primaria del drama, entre la tragedia en sí y la comedia. Los dramaturgos anteriores a Esquilo, Quérilo y Pratinas primero y Esquilo después, le habían dado brillante fama. Desgraciadamente, nos llegaron apenas algunos títulos de sus dramas satíricos. Por fortuna, el Cíclope de Eurípides y los Rastreadores de Sófocles nos dan una idea de esta graciosa forma dramática.
Asimismo, Alcestis de Eurípides ocupaba el puesto de drama satírico (último drama de una tetralogía), donde el héroe Heracles, en una escena (747-802) en la que habla con el sirviente de Admeto, es presentado con carácter cómico, parrandero, tragón y bebedor de vino.
Es digno de observación que nuestros antiguos trágicos eran también poetas cómicos pero no se daba el caso contrario. No conocemos ninguna tragedia de Aristófanes.

Los Rastreadores

El drama satírico Rastreadores, o más completo Sátiros rastreadores, que se encontró en un papiro de Oxirrinco, en Egipto, escrito en el siglo II d. C., fue primeramente publicado en el Tomo IX de los Oxyrrhyncus Papyri por A. S. Hunt en 1912 (no. 1174, pp. 30-86). Se compone de aproximadamente cuatrocientos versos, cuyos dos tercios apenas si están íntegros. Todavía se conservan incluso algunas palabras o sílabas de Rastreadores en su papiro roto, cuyos pedazos, que eran trapos, fueron ensamblados con gran acierto por Carl Robert. De este drama anteriormente habíamos descubierto casi solamente el nombre y algunas palabras provenientes de testimonios de los antiguos.
La trama de los Rastreadores es simple:
El dios Hermes, nacido del amor del gran dios Zeus y de la Ninfa (aspecto de hada) Maya, hija de Atlante, dentro de la cueva del monte arcadio de Cilene (hoy Ziría), se escapa de sus pañales seis días después de su nacimiento, se va (a Pieria) y roba un rebaño de vacas del dios Apolo (hijo de Zeus y de Leto), a las que lleva a su cueva, al monte de Cilene, una vez que colocó calzados en los pies de los animales, para que se confundieran sus huellas y que los rastreadores no pudieran hallar su dirección. Después, dentro de la cueva, toma también una tortuga, de esas que existen incluso hoy en los montes arcadios. Mata a continuación una vaca y pone unas cuerdas hechas con las tripas de la vaca en el caparazón abierto de la tortuga, y así inventa la lira, que los antiguos llamaban también χέλυς (es decir, tortuga). Apolo, luego de haber recorrido infructuosamente muchos países buscando sus vacas, llega a los montes arcadios, donde promete dar un premio a aquel que le haga aparecer sus vacas, y donde Sileno promete meterse junto con sus hijos, los sátiros, con el fin de hallar lo robado y al ladrón, y tomar la recompensa. Vemos a los sátiros seguir muy cómicamente con su padre las huellas de los animales. Trepan a toda prisa a través de los arbustos, encuentran excremento de vaca, encuentran huellas de patas –que sin embargo marchan hacia atrás– y al final llegan a la cueva. Allí, los sátiros se retiran aterrorizados, porque en la profundidad retumba un insólito sonido. Hermes está tocando la lira. Cómo la divina música asusta a los sátiros, cómo su padre Sileno los exhorta, cómo ellos pierden nuevamente su valentía, estas cosas son una asombrosa invención del poeta. Finalmente tocan la puerta y aparece la Ninfa del monte, Cilena (de aspecto de hada del monte), cuya graciosa narración expuso el poeta con mucho arte, completando el prólogo, para iluminarnos respecto de los habitantes de la cueva y del nacimiento de Hermes. Cilena debe primero satisfacer la curiosidad de los sátiros, que querían entender qué clase de música era la que escuchaban y cómo pudo el niño recién nacido producirla de un animal muerto. Y esto lo aprenden en una chispeante y enigmática esticomitía. Y así el asunto se vuelve serio. Ya Cilene no puede engañarlos con que el pequeño no es el ladrón de las vacas.
En esta situación llega también Apolo –pero también el papiro se corta en este punto. En la parte que tenemos está ausente el personaje de Hermes. Se presentaría seguramente en la parte perdida del drama. No hay duda de que arrastraron a Hermes, y puesto que, naturalmente, no quería presentarse como niño bebé, Cilene nos había dicho que en el lapso de seis días se volvió un enfant terrible y luego crecía continuamente. Dado que Apolo deseaba y tenía que tomar la lira, los dos divinos hermanos se reconcilian y se separan queriéndose, una vez que Hermes da la lira a Apolo (como sucede en Antíope de Eurípides, fr. 190), lira que desde entonces se vuelve emblema de Apolo como dios de la música (Apolo citarista [κιθαρῳδός]), así como Apolo regala sus vacas a Hermes, que era también dios de los rebaños y pastores (Hermes Pastor [Νόμιος] o Guardián de rebaños [Ἐπιμήλιος]). Esto, al menos, aparece en el Himno homérico a Hermes. Y los sátiros obtienen su recompensa de Apolo y son liberados de una esclavitud –de algún modo inexplicada– (pero también en el Cíclope de Eurípides los sátiros son liberados de la esclavitud).
Sófocles, con toda probabilidad, tomó la trama de los Rastreadores basándose en el Tercer himno homérico a Hermes, del mismo modo que Eurípides su Cíclope en la Ciclopea del Canto IX de la Odisea homérica. Sin embargo, existe la opinión de que Sófocles no había conocido el Himno homérico a Hermes en su forma actual por lo menos, y que quizás le fueron útiles otras fuentes, como Las Hermeas (Αἱ Ἑρμεῖαι) (cf. L. Previale, “Gli Ichneutai di Sofocle e l’inno omerico ad Ermete”, Bollettino di Filologia Classica, XXXIII, 1926-1927, pp. 174-182).
En el Himno homérico a Hermes, que se compone de 580 versos, Hermes inventa la lira antes de robar las vacas. Conduce el ganado que robó a una cueva de Pilos, donde lo escondió, y volvió a su cueva, en Cilene, envuelto en su pañal. El rapsoda del Himno aparentemente decidió tener en cuenta también los derechos que la ciudad de Pilos reivindicaba.
Lo más natural era llevar las vacas a su propia cueva, a Cilene, como muy correctamente nos lo presenta Sófocles. Sófocles, asimismo, incluyó en el mito a los sátiros junto con su padre Sileno, porque Apolo, buscando las huellas de las vacas desde Pieria a Cilene, tuvo necesidad de ayudantes y guías para la búsqueda en los montes y en los bosques, y ellos, como hijos bestiales exóticos de los bosques y los montes, eran los más adecuados para rastrear las huellas como sabuesos.
En el Himno homérico, Apolo camina teniendo como guía su poder adivinatorio y llega a la cueva de Cilene, donde encuentra al niño ladrón. Hermes niega el robo, pero Apolo lo toma de la mano y lo conduce al tribunal del padre de ambos, Zeus, quien, una vez que se alegró de los inteligentes artificios de su hijo, le ordenó que mostrase a Apolo dónde escondió las vacas. Hermes se vio obligado a guiar a Apolo hasta Pilos, donde le dio las vacas. Sin embargo, una vez que Apolo escuchó la lira de Hermes, le dejó las vacas y tomó la lira.
Y el personaje de la Ninfa Cilena no existe en el Himno a Hermes, donde el papel que ella cumple en Sófocles pertenece totalmente a la madre de Hermes, Maya. Ese reemplazo sucede, como sostiene también Robert, por conveniencia. Maya, después de sus amores con Zeus, no podía aparecer delante de los Sátiros, quienes podían mirarle con reprobación. En el Himno, Maya es llamada πότνια, es decir señora, venerable. Y, por supuesto, al ser amada por el gran dios del Olimpo y por ser madre de un dios, debe ser venerada. Pues bien, ella está ausente del drama. Pero la causa de su ausencia es también natural, porque ha dado a luz hace seis días y todavía está muy débil (v. 267). ¿Acaso Sófocles ideó el personaje que la reemplaza? Quizás. Es verdad que un escolio a Píndaro (a Olímpicas VI, 129) y el romano Festo del siglo II d. C. (vid. Kyllenius) se refieren a Cilena como “nodriza” («τροφός») de Hermes. Pero quizá esa información sea tomada de Sófocles.
En cuanto a la lira, que casi se la puede identificar con la cítara (antes κίθαρις y φόρμιγξ –de siete cuerdas al principio, luego podía tener desde 8 hasta 11 cuerdas), sostenemos que la lira primero y el aulós en segundo lugar eran los dos principales instrumentos musicales de los antiguos griegos. Sófocles obviamente tocaba la lira brillantemente (cf. su vida al principio de nuestra Antígona, 2º edición, p. 8). Es extraño que también estos dos instrumentos en la orquesta moderna se hayan descuidado. La lira, como dice también Masqueray, nos parece hoy pobre, sin resonancia, sin variedad sonora, pero puesto que sus sonidos son limpios y graves, y tienen, como dijo A. Croiset (Histoire de la Litterature Grecque, II, p. 23), algún aire de serenidad viril, por esa razón han atraído a los antiguos griegos. El poeta llama a su sonido divino («θέσπιν αὐδάν», v. 244), también remedio y consuelo del sufrimiento («λύπης ἄκεστρον καὶ παραψυκτήριον», v. 317). Sólo un dios podía inventar este divino instrumento, Hermes, el asombroso dios recién nacido, a quien el coro busca con tanto sufrimiento y tantos gritos, y que lo vigila la dulce hada Cilena con tanto cariño, aunque también con tanta cobardía. Es una lástima que el personaje de Hermes no se haya conservado en el drama, a quien Sófocles nos presentaría asombrosamente. Deseemos que la parte perdida del drama se encuentre en algún nuevo papiro.
En cuanto al mito de los Rastreadores, ver también Apolodoro (3, 10, 1), que sigue al Himno homérico.
Sófocles escribió este drama satírico probablemente en el 461 a. C. (según Robert); es decir que es la más antigua de las obras conservadas del gran trágico (que nació en el 496 y murió en el 406 a. C.). No sabemos a qué trilogía seguía, ni cuántos versos tenía en total este drama satírico. Si juzgamos desde el drama satírico conservado de Eurípides, el Cíclope, que se nos conservó íntegro, con 709 versos, tenemos sólo la mitad de los Rastreadores.
El drama Rastreadores nos presentó también aproximadamente quince palabras, derivadas, desconocidas y no registradas en los diccionarios. Nos presentó también una esticomitía en tetrámetro yámbico (vv. 291-320), que por primera vez vemos en diálogo dramático de los trágicos griegos, entre 50.000 versos sin contar los fragmentos de los dramas conservados, mientras que hasta ahora, en similares ocasiones, teníamos sólo el tetrámetro trocaico y el trímetro yámbico. Nosotros transmitimos esa parte con versos trocaicos de dieciséis sílabas.
En cuanto a la denominación de Rastreadores, o más completo Sátiros rastreadores, sostenemos además lo siguiente respecto de su traducción:
Rastreador (ἰχνευτής) es el perro o el hombre que persigue o rastrea las huellas (τὰ ἴχνη) de alguien, ya sea hombre o animal. J. Pólux en Onomástico, V, 10, dice: «ἰχνευτής καὶ ἀνὴρ καὶ κύων». En la lengua antigua, al rastreador se lo llama también ἰχνηλάτης (y poéticamente ἰχνελάτης, en Antología Palatina, 6, 183, y 16, 289). Y existen los verbos: ἰχνεύω, ἀνιχνεύω, ἰχνηλατῶ, ἴχνη κυνηγετῶ (Sófocles, Áyax, 5), ἐξ-ιχνοσκοποῦμαι (Áyax, 997), ῥινηλατῶ ὀσμῇ (Rastreadores, 88), ἰχνοσκοπῶ ἐν στίβοις τινὸς (Esquilo, Coéforas, 205), ἕπομαι κατὰ στίβον (Herodoto, 5, 202), etc.
En nuestra lengua popular no hay una palabra singular correspondiente con la misma fuerza que ἰχνευτής. Las huellas (τὰ ἴχνη) se llaman: ἀχνάρια (de τὰ ()χνάρια), πατημασιές o πατημαξιές o πατησιές, πατήματα, τορός[1], ὁμπλή (de ὁπλή). Las dos últimas palabras son muy habituales en Epiro y en otras partes de Rumelia[2]: «τοῦ πῆραν - τοῦ κυνηγοῦν τοῦβραν- τὸν τορό, τὴν ὁμπλή. Βρομάει τορός του» (“le encontraron el rastro, su rastro apesta”)[3] para hombres y animales.
La palabra ἰχνευτής o ἰχνηλάτης podríamos traducirla literalmente en una palabra ἀχναρευτής o ἀχναρολάτης (de forma análoga: βοϊδολάτης, κουπολάτης, ζευγολάτης), o ἀχναροσκόπος, o ψαχουλευτής (plural ψαχουλευτάδες, del verbo ψαχουλεύω). Obviamente, quizá si Sófocles escribiera hoy, nombraría a su obra «οἱ Σάτυροι ζαγάρια [sabuesos]» o «οἱ Σάτυροι λαγωνικά [sabuesos])» (siguiendo el criterio de: Καραγκιόζης (ὡς) γιατρός, (ὡς) γάϊδαρος [El payaso (en cuanto) médico, (en cuanto) borrico], y similares[4]). Sin embargo, decidí no poner nada de eso como título de mi traducción, ni Ἰχνηλάτες, ni Ἰχνευτές. Me parece que de algún modo tropiezan todavía con la cuestión lingüística griega. Preferí entonces dejar sin cambios el viejo título «Ἰχνευταί» [Rastreadores] es decir «Ἰχνευταὶ Σάτυροι» [Sátiros rastreadores] (como lo llama J. Pólux en su Onomástico, 10, 34).
Se buscó traducir el nombre del drama incluso en las lenguas extranjeras, donde, también allí, tuvieron dificultades en encontrar exactamente una palabra correspondiente. Lo tradujeron al latín Indagatores, al francés Les Satyres Limiers o Les Traqueurs (Th. Reinach), Les Limiers (F. Allègre, P. Masqueray), al alemán Die Spürhunde (U. Wilamowitz, C. Robert y otros), al italiano Cercatori di traccie (N. Terzaghi), I Satyri alla caccia o I cercatori di piste (Et. Romagnoli). Los ingleses conservan la forma griega Ichneutae. También P. Masqueray dice en su edición que alguien muy bien podría decir Ichneutes incluso en francés, a partir de la palabra griega, pero no lo entenderían todos los lectores.
Por primera vez aparece una traducción literaria de los Rastreadores a nuestra lengua. La publicamos primero en el periódico Φωνὴ τοῦ Βιβλίου, nos. 3, 4, 5, 6 de 1932, sin las notas ni la bibliografía.

Nota. Para detalles sobre el drama antiguo (tragedia, drama satírico y comedia), ver nuestro libro «Εἰσαγωγὴ στὸ ἀρχαῖο δρᾶμα» (“Introducción al drama antiguo”), Atenas, 1930.
Para la vida y la obra de Sófocles, ver además el prólogo de nuestra Antígona, 2º edición, Atenas, 1932. Cf. también el nuevo libro de Albert Willem, Melpomène: Histoire de la Tragédie Grecque, Liège-Paris, 1932, pp. 83-213, donde (pp. 150-153) tiene lugar también un análisis de los Rastreadores.
Además de los Rastreadores, Sófocles escribió también otros –quizá más de 30– dramas satíricos, que se perdieron, al igual que sus demás tragedias. Así, entre aproximadamente 120 obras dramáticas que se atribuyen a la pluma de Sófocles, de los cuales se conservan intactas sólo las siete tragedias conocidas, se hace referencia a los siguientes títulos de sus dramas satíricos perdidos: Pandora o Forjadores, Cedalión, Salmoneo, Ámico, Timbaleros (?), Dionisos niño, Anfiarao, Télefo (?), Amantes de Aquiles, Momo, Comensales, Bodas de Helena, Sátiros necios, La disputa (?), El juicio (?), La insolencia (?), Heracles o Sátiros en Ténaro.




[1] En diccionarios actuales: ντορός (n. d. t.).
[2] Nombre con que el Imperio Otomano denominaba a la actual Grecia y a otros países balcánicos como Bulgaria, Serbia, etc. (n. d. t.)
[3] Es difícil traducir un giro conversacional tan vinculado a las peculiaridades culturales de Grecia. La expresión tiene 
que ver con el lenguaje de la cacería y se relaciona con encontrar o perseguir a una persona o animal que deja una
importante evidencia de su presencia por donde pasa, evidencia vinculada a malas acciones. En este punto, es 
necesario aclarar que la palabra τορς o ντορς, en el lenguaje de la cacería, es el olor que deja una presa peluda, 
sea liebre, conejo, jabalí o zorro. Este olor es el que permite a los sabuesos encontrar a sus presas, basándose en ese 
olor al inicio para perseguirlas a continuación. Vid. http://www.slang.gr/definition/13812-ntoros. (n. d. t.)
[4] Figura principal del teatro de sombras turco y griego, asociada a una figura payasesca. Aquí Sarros alude a que el criterio moderno para denominar una obra de teatro menciona a un personaje central del género seguido de una profesión, ocupación o característica que desarrolla en dicha obra. (n. d. t.)

domingo, 11 de octubre de 2015

Desazón

Hoy me enteré de que, en el próximo plan de estudios de mi universidad, pasarán los niveles de griego y de latín a ser materias optativas para la carrera de Filosofía.

Esto me llena de una profunda desilusión y desazón. Sólo los de Letras todavía podrán conocer algo de la lengua y cultura griegas antiguas, más allá de que en Filosofía siguen existiendo materias como Cultura Clásica e Historia de la Filosofía Antigua. Me toca emocionalmente porque he logrado obtener mi título de Licenciado en Filosofía el año pasado y hace poco menos de un mes he concursado para la cátedra Lengua y Cultura Griegas I, donde finalmente pensé que tendría la oportunidad de poder enseñar griego a mis alumnos de filosofía, un poco siguiendo el programa y otro poco a mi manera (a la manera del blog), que tanto han cuestionado la pervivencia de dichas materias en el plan.

Las razones no son pocas: tenían 36 materias, sin ningún crédito extra por ello, y además las materias están pensadas para gente de Letras y no veían articulación con otras materias de la carrera. En el caso de Griego en particular, se presuponen conocimientos de gramática española, materia que existe en la carrera de Letras pero no en la de Filosofía (lo cual por cierto es una aberración para mí: si no pensamos el lenguaje, nuestro instrumento de comunicación, ¿cómo podemos hacer filosofía?).

Esto, por supuesto, responde a un momento histórico, a una cuestión política. Incluso en Europa misma las horas dedicadas a las lenguas clásicas, tanto en España, como en Francia o en Italia, han disminuido muchísimo. En Europa. Este artículo por ejemplo habla de la situación en el latín con Italia: http://it.blastingnews.com/lavoro/2015/10/latino-addio-cosi-muore-a-scuola-una-lingua-morta-00587979.html

Pero no me permito hacer falacia ad hominem. Seré diplomático porque entiendo sus razones. Pero tampoco, ni mucho menos, puedo festejar esta decisión desde una falacia ad populum (que sí han cometido las personas que han tomado esta decisión: entre sus pueriles argumentos, figuraba el hecho de que muchas universidades de Argentina tenían griego y latín como materias optativas...).

¿No es hora de que los profesores de clásicas hagan (hagamos) una autocrítica? ¿Se trata solamente de políticas educativas tendientes a la tecnologización, al economicismo, a la plutocracia, al facilismo? ¿O se trata también de que no hemos sabido trasladar la pasión adecuadamente? Estas cuestiones me confirman más que nunca la necesidad de una crítica de la razón clasicista, la necesidad de dejar atrás ciertas jactancias, de dejar atrás el predominio de cierto manejo de la morfología en la enseñanza, para encontrar nuevas maneras más vivaces de enseñar.

Me molesta mucho haber llegado tarde, haber llegado cuando la catástrofe estaba recién consumada, cuando ya pasaron a ser optativas. Mi pasión es esta: yo no puedo dejar de enseñar griego, ni quiero dejar de hacerlo. Me va a doler mucho no tener más alumnos de filosofía, más compañeros míos de carrera sentados, esperando alguna clase motivadora. Ya ni siquiera tendrán la posibilidad.

Pero no me voy a rendir. En reunión de área me dieron por extensión la cátedra de Cultura Clásica. Habrá que empezar a cautivar desde ahí.

Creo que no es un problema de ahora. Creo que es un problema más bien estructural que viene desde hace bastantes años, que trasciende por supuesto a quienes enseñan; trasciende lo personal, desde luego. Y verdaderamente, no hemos quizá tenido el tiempo para pergeñar un cambio en esta cuestión del método. Sin embargo, la pregunta sigue siendo pertinente. Se trata de los presupuestos bajo los que enseñamos. Tiene que ver más con nuestra recepción que con nuestra acción concreta. En mi caso, el tema del doctorado me ha dilatado bastante la posibilidad de pensar seriamente en un método alternativo. Es el problema filosófico, es el problema del "clasicismo", que es una idea renacentista y moderna de la que ninguno de nosotros todavía nos hemos despegado. El clasicismo ha vuelto a matar el latín, e intenta matar al griego (cosa que no logrará porque Grecia sigue viva)... El clasicismo mata, repite la historia como la Tebas de la tragedia griega antigua... con tablitas de morfología que ya ni siquiera se saben de memoria, con un uso exacerbado del diccionario, con una atomización de los textos, su reducción a conjuntos de palabras, con una práctica que cada día parece asemejarse más a la disección de cadáveres...

Sólo la pasión helénica puede salvar, al menos, al idioma griego. En latín son necesarias otras herramientas. El filólogo clásico, para subsistir, como dije antes, debe dejar de ser "clásico"...

También es cierto lo que ocurre a nivel político, los intereses en juego, los planes estratégicos de las universidades, las tendencias al mercantilismo... Todo lo que ustedes quieran. Indigna, enferma, descompone ver millones de dólares y euros gastados en publicidad televisiva, en periodismo de espectáculos... ¿Por qué siempre escuché que me preguntaran por la utilidad del griego y del latín, o de la filosofía, y nunca que me preguntaran por la utilidad del periodismo de espectáculos?

¿Alguien sabe para qué sirve el periodismo de espectáculos?

Pero está claro que el helenismo o el latinismo no puede justificarse por sí solo. Ni tampoco debe, por supuesto. Pero, de proseguir con las defensas habituales del latín y del griego clásico, se seguirá la desaparición de las asignaturas en nuestras universidades.

Este blog entonces será ya un reducto muy importante de defensa en mi ciudad, y puede que en mi país. 

Y es, también, mi último reducto, mi espacio de libertad donde puedo decir lo que pienso a pesar de que Google me espía.

La desaparición del griego y del latín en los planes de estudio no lleva a un mejoramiento de la educación en pos de la multiculturalidad: lleva a la ignorancia del propio idioma, que es el español, y que usa la mayor parte de la gente en este país y en este continente, y a la ignorancia de la historia de Occidente; por ende, también de la historia de Latinoamérica, si tenemos en cuenta que durante más de 500 años hubo un proceso de colonialización y matanzas. 

Dejar de estudiar griego y latín no es descolonizar, sino seguir colonizando, pero esta vez bajo la bandera del vacío. Lo cual implica una colonización PEOR.

Porque así Occidente se eleva como cultura perenne, olvidada de la historia que se inventó para sí misma, olvidada de la tradición clásica. Se absolutizan los franceses, los alemanes, los ingleses. Entonces estudiamos (tenemos profesores muy buenos y apasionados que saben transmitir su pasión en este campo) los galancitos de moda de la filosofía, total para lo otro hay traducciones: Nietzsche, Heidegger, Deleuze, Foucault, Derrida, Simondon... 

¡Todos ellos, sin embargo, grandes estudiosos de los griegos y los romanos!

martes, 2 de junio de 2015

Apostilla a "¿Qué es el helenismo?"

Estoy más que sorprendido por la amplia repercusión que tuvo el último post de mi blog, "¿Qué es el helenismo?". Uno puede ver en el contador de visitas la cantidad de gente que ha visto el blog, y me sorprende que "¿Qué es el helenismo?" se haya convertido, a 7 días de ser publicado, en uno de los posts más vistos del blog.

Normalmente recibía hasta esa fecha entre 60 y 120 visitas diarias (los más provenientes de España y México, ya no tantos de Argentina como al principio...), pero el 26 de mayo he tenido más de 1000 visitas en un solo día, y a partir de ahí el número de visitantes diarios no baja de 120 (que era como ya dije, lo máximo que podía esperar antes de mi último post).

Esto me hizo pensar algunas cosas. Las charlé anoche en casa de mi amigo Miguel Razuc, y él me dijo de escribir una "apostilla". Así que aquí está.

Por ejemplo, lo primero que pienso es en que el post fue muy personal. No sólo estaba dando una respuesta a una pregunta que muchos de nosotros, los que nos dedicamos al griego, nos hacemos, sino también estaba revelando algunas cualidades de mi persona, o por lo menos, si no llegan a ser cualidades, algunas aspiraciones. Fue un poco como desnudarme, hacer que el público conozca la persona que intento ser día a día. Pero esas aspiraciones, tan personales, no son sino lecturas suscitadas por los mismos griegos. Son el resultado de mis lecturas, de mi helenismo, pero también, detrás de eso está, por supuesto, la educación que recibí en el hogar.

La segunda cosa en que pienso es en que hasta ese momento no había encontrado una definición de helenismo por ninguna parte. Ojo: helenismo como sinónimo de Período Helenístico y helenismo como "palabra o préstamo lingüístico de origen griego" sí que son definiciones tratadas en Internet. Pero hasta donde mi conocimiento llega, no existía algo que hable del helenismo como propuesta de valores, de eso a que hacemos referencia cuando nos llamamos "helenista".

Porque ser helenista no es solamente dedicarse a la cultura griega, y mucho menos dedicarse a la cultura griega antigua únicamente. Ser helenista es, también, proponer valores.

Y esa es la tercera cosa en la que pienso: necesitamos valores en nuestra sociedad, valores defendibles y que tengan en cuenta al otro por encima de toda religión y de todo fundamentalismo. El helenismo es para mí eso.

Nuestras sociedades necesitan valores, y los docentes y los padres debemos ser buenos transmisores para que haya una comunicación con el otro. ¿Por qué tantos jóvenes se vuelcan al jihadismo o al neonazismo? ¿Por qué tanto fanatismo? ¿Y por qué, por otro lado, tanto indiferentismo? ¿Acaso el relativismo cultural, esa absurdidad llamada posmodernismo, ha minado nuestras conciencias y ha hecho que perdamos toda noción de respeto por el otro? ¿Realmente se respeta al otro si incluimos en nuestro respeto al intolerante? ¿No podemos estar en desacuerdo con el intolerante? ¿O acaso, por ser respetuosos, respetamos también que exista gente que falte el respeto y agreda a otra gente? ¿Realmente respetar al otro es que todo, incluso la violencia para con el otro, nos dé lo mismo?

Esto dijo uno de los más grandes filósofos del siglo XX, Karl Popper:

"La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrarío, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos"

POPPER, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós, 1981. (Pág. 512)

Parece una verdad de perogrullo, pero todavía hay gente que cree que el intolerante es aquel que defiende la intolerancia para con el intolerante. En realidad, esas personas se llaman "tolerantes". Porque ser tolerante (de forma activa o pasiva, es decir, "dejando pasar") con el intolerante es defender la intolerancia, y por tanto, convertirse en intolerante.

Como docente (que es una cierta forma de ser padre) voy a defender la reacción contra el intolerante. Y también contra el indiferente, el que no le importa nada. Porque las cosas te tienen que importar; no podés vivir al margen. Toda presencia viva en este mundo repercute de alguna manera en las otras, casi como las mónadas de Leibniz, y dado que la presencia humana en este mundo es fundamentalmente presencia en una sociedad, se hace necesario incluso para nuestra supervivencia tener una posición, tolerante con el otro, sí, pero tener una posición con toda la responsabilidad que ello implica.